A veces la vida entrelaza caminos que parecían completamente separados, y lo hace con una suavidad que solo el tiempo entiende. Entre coincidencias improbables y encuentros que nadie habría previsto, dos personas volvieron a mirarse con un corazón distinto, descubriendo que lo que una vez pasó de largo ahora tenía un nuevo significado.
Una historia que demuestra que el destino no siempre toca a la puerta a la primera; a veces espera el momento perfecto para abrirla y revelar lo que estuvo destinado desde siempre.
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La historia de Alondra
En 1993 fui a visitar a mi tío y su nueva esposa a la Ciudad de México. Ahí estaba el hijo de mi nueva tía: Alex. Yo tenía 12 años y él 20. Se me hizo guapo «el señor». A mis 15 años nos volvimos a ver, pero sin cruzar palabra.
Pasados los años nos agregamos a Facebook, pero sin hablarnos, ya que mi tío y su mamá se divorciaron y realmente nunca convivimos. Cada quien hizo su vida. Nos casamos por nuestra cuenta y tuvimos hijos.
Para el 2021 me divorcié. Y en diciembre de 2022 nos topamos en un bar de la ciudad de Chihuahua. Yo lo saludé y lo presenté a mis amigas como «mi primo». No dejamos de platicar en toda la noche, y desde ahí no nos hemos soltado. Es un tipazo que estuve esperando toda mi vida.
Para diciembre de 2024 fuimos al mismo bar, y de repente los meseros salieron con flores y globos. Y enfrente de todo el bar sacó el anillo y se hincó. Con todo mi amor, acepté.

Lo que empezó como una coincidencia terminó convirtiéndose en la promesa de una vida compartida, de un amor elegido con plena conciencia y con el corazón despierto. Ahora avanzan juntos, celebrando que el destino siempre encuentra la manera de unir lo que estaba destinado a coincidir.
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