#AplausoParaElAmor – Elsa Carmen del Castillo Frías

Hay historias de amor que avanzan con la prisa del instante, y otras que requieren décadas para encontrar su forma. Este es un relato hecho de encuentros y pausas, de caminos que se separan y vuelven a cruzarse cuando el tiempo, por fin, es el adecuado.

Dos vidas que siguieron rutas distintas, guardando sin saberlo la memoria de un verano compartido, hasta que el destino decidió reunirlos de nuevo para escribir lo que había quedado pendiente.

¿Leemos juntos esta historia?

La historia de Elsa

Nuestra Historia: El amor que esperó su momento.

El verano de 1988 marcó el inicio de una historia que, sin saberlo, quedaría escrita en el corazón de dos jóvenes universitarios. Era un tiempo en el que los días parecían hermosos. El sol brillaba con una promesa dorada, y el futuro se dibujaba entre sueños, estudios y esperanzas.

El Tecnológico de Monterrey fue el escenario de aquel primer encuentro. Los pasillos se llenaban de voces, risas y nuevos comienzos. En ese ambiente de juventud y entusiasmo, coincidimos, inscritos en el curso de verano de Contabilidad I.

Recuerdo perfectamente aquellas escapadas a la biblioteca y al Centro de Cómputo para los trabajos en equipo. Él no era muy afecto al estudio, yo becada de excelencia. Él resistió los embates de 4 años y medio de carrera y terminó cabalmente, un semestre después, pero terminó. Nuestras miradas se cruzaron apenas unos segundos, pero bastaron para que algo silencioso se encendiera entre nosotros. No era el momento, pero el destino ya había dado su primer paso.

Durante ese verano compartimos apuntes, y charlas sobre lo que soñábamos alcanzar. Éramos buenos compañeros de clase, con muchos amigos en común, quienes nos acompañaban en la vida universitaria. Sin embargo, la timidez y las circunstancias nos mantuvieron a cierta distancia. A pesar de la atracción evidente, ninguno se atrevió a dar el siguiente paso. Tal vez era demasiado pronto; tal vez el destino tenía otros planes.

Los años siguieron su curso. Cada uno tomó su propio camino, con los giros y lecciones que sólo la vida puede enseñar. Yo me casé y formé una familia con dos hijos maravillosos. Él también encontró su propio rumbo, su propio hogar, y tuvo también dos hijos que llenaron su vida de amor y aprendizaje. La vida, con su misteriosa manera de entrelazar los hilos del tiempo, nos separó… pero no nos olvidó.

Pasaron veinticinco años antes de que el destino decidiera escribir el siguiente capítulo. No fue una coincidencia; fue una de esas causalidades perfectas que sólo Dios puede orquestar. Nos reencontramos cuando ambos ya habíamos vivido, amado, sufrido y aprendido. Ya no éramos los mismos jóvenes del aula, pero en el fondo seguíamos siendo los mismos corazones que se habían reconocido tiempo atrás.

El reencuentro fue tan natural que parecía que los años no habían pasado. Bastó una conversación para que las memorias del pasado resurgieran con fuerza. Aquella conexión que había permanecido dormida despertó de inmediato, como una melodía que el alma nunca había olvidado.

Desde entonces, la vida nos dio una segunda oportunidad. Una oportunidad que recibimos con gratitud y madurez, sabiendo que no todos los amores tienen la dicha de reencontrarse.

El amor entre nosotros no fue un fuego repentino. Fue una llama constante, suave y profunda, que se fue fortaleciendo día a día. Aprendimos a amarnos desde la comprensión, desde la empatía. Desde la certeza de que el verdadero amor nunca se pierde: sólo espera su momento.

Nos acompañamos en los retos, celebramos los logros, construimos momentos que llenaron nuestros días de alegría, y también de calma. Ocho años de compartir la vida, los sueños, las familias y los silencios. Ocho años de aprender que amar no es encontrar a alguien con quien vivir, sino a alguien sin quien no se puede vivir.

Y entonces llegó el 14 de marzo de 2025, un día que quedará grabado en mi memoria con la intensidad de los grandes instantes de la vida. Él lo planeó todo con una ternura y un cuidado que sólo un amor profundo puede inspirar. Y con una cómplice perfecta, mi hija.

El lugar estaba iluminado por velas titilantes, el aire impregnado con el aroma de las rosas frescas, y el sonido de los músicos en vivo creaba una atmósfera mágica, casi irreal. En el centro, un gran corazón formado con pétalos de rosa parecía marcar el destino que ambos habíamos esperado durante tantos años.

Mis hijos, nuestros padres y algunos seres muy queridos fueron parte silenciosa de la sorpresa. Todos estaban en silencio, sabiendo lo que estaba por ocurrir.
Cuando me tomó la mano y me miró con esa mezcla de emoción y serenidad, el tiempo se detuvo.

No hubo discursos largos ni palabras ensayadas, sólo una carta con la pregunta esperada: “¿Quieres casarte conmigo?”. En ese momento supe que todo lo vivido; las distancias, los caminos, los silencios tenían sentido.

Las lágrimas se mezclaron con las risas, la música acompañó el instante. Y en medio de aquel corazón de pétalos dijimos sí. Un sí que venía gestándose desde 1988. Un sí que cerraba el círculo y abría una nueva historia. Desde ese día, cada amanecer ha tenido un significado especial. Nos comprometimos no sólo a caminar juntos, sino a honrar esta segunda oportunidad que la vida nos regaló.

Hemos aprendido que el amor maduro no necesita promesas imposibles, sino presencia, lealtad y gratitud. Porque cuando dos almas se encuentran después de tanto tiempo, ya no hay lugar para la prisa. Sólo para disfrutar el regalo del ahora.

El 8 de noviembre de 2025, unimos nuestras vidas legalmente. Aunque moralmente y espiritualmente sentimos que este amor ya fue sellado mucho antes. Quizás desde aquel verano del 88, cuando el destino decidió cruzar nuestras miradas por primera vez.

Ese día no sólo celebramos una boda. Celebramos una historia de esperanza, de fe y de amor que venció al tiempo. A veces el amor no llega cuando uno lo busca, sino cuando el alma está lista para recibirlo. Nuestra historia es la prueba de que Dios tiene su propio calendario. Que el amor verdadero no se apaga con los años, sino que espera pacientemente su momento para florecer.

Hoy, mirando hacia atrás, entendemos que aquel curso de Contabilidad I no sólo nos enseñó números… nos enseñó, sin saberlo, la más grande lección de todas: que la vida siempre cuadra cuando el amor es sincero.

Y así, entre recuerdos, risas, y la certeza de haber encontrado el lugar correcto: el corazón del otro.

Frente a ellos se abre un capítulo nuevo, construido no con la prisa de la juventud, sino con la certeza de dos almas que, al reencontrarse, descubrieron que el amor verdadero no llega tarde… llega cuando ambos están listos para sostenerlo.

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