Algunas conexiones llegan sin previo aviso y se revelan en el momento menos esperado. En medio de decisiones personales, nuevos comienzos y un deseo profundo de encontrar un lugar al que pertenecer, dos caminos se cruzaron de una forma inesperada. Lo que parecía un simple incidente cotidiano se transformó en el primer punto de encuentro de una relación destinada a crecer, fortalecerse y tomar forma con el tiempo.
Así comenzó un recorrido compartido donde la fe, las coincidencias y los encuentros constantes fueron dando paso a una historia que se fue construyendo paso a paso. Entre conversaciones, descubrimientos mutuos y momentos decisivos, ese primer cruce marcó el inicio de un vínculo que terminaría convirtiéndose en un proyecto de vida compartido.

La historia de Gersain
No todas las historias de amor comienzan con un «hola». Algunas, de hecho, empiezan con un choque. Todo ocurrió en el estacionamiento de una iglesia cristiana. Un lugar llamado «El Potrerito», ubicado en la concurrida Calzada de Tlalpan, aquí en la Ciudad de México. Me llamo Estefanía y mi esposo, Gersain. Esta es nuestra historia de amor.
Ambos somos cristianos desde la infancia. Pero en ese momento yo estaba buscando una iglesia donde pudiera congregarme de forma permanente. Mi madre había crecido en la congregación ICI, así que me sugirió visitarla para ver si me gustaba y me sentía como en casa. Fue justo ahí donde el destino, o estoy más que segura que Dios, puso al amor de mi vida en mi camino.
Apenas llevaba tres meses aprendiendo a manejar y estaba estrenando mi primer auto. Un domingo, muy temprano, mi mamá y yo nos levantamos para asistir al servicio. Yo no recordaba exactamente cómo era la entrada del estacionamiento. Mi madre me dio las indicaciones. La entrada es muy angosta, como un embudo, casi como si fuera un «tubo» o «salchicha». Venía sobre la Avenida Tlalpan y tenía que girar a la derecha para entrar. Pero calculé mal la maniobra, y entré raspando toda la parte derecha del coche contra la pared. Obviamente, al escuchar el fuerte roce del metal, frené de golpe. En ese instante, mi hoy amado esposo, Gersain, salió corriendo para ver qué había pasado.
Él se acercó muy amablemente y se ofreció a ayudarme a maniobrar para sacar el coche sin causarle más daño. Yo, muerta de nervios y apenada por el rayón, acepté su ayuda inmediatamente. Por cierto, el coche se llama Rodo, así le puse por nombre. Es el auto más bonito que han visto mis ojos.
Bueno, para poder darle mas contexto a esta historia de amor. Dentro de la iglesia muchas personas, de todo corazón se ofrecen para servir en diferentes áreas. Mi esposo Gersain ama con todo su corazón los autos, y por consiguiente él servía ayudando en el estacionamiento. En mi mente era un chico del parking, no sabia que se congregaba en la iglesia. Así lo recordaba: «El chico del parking» (cabe mencionar que el más guapo del mundo).
Conforme iban pasando los días, cada domingo llegaba muy nerviosa con ganas de verlo y poder entablar una conversación. Un día, muy atrevido, mi ahora esposo me pidió mi numero telefónico para poder pasarme un contacto de un hojalatero.
De hecho, ya se acercaba la semana de la juventud. Donde cada uno de los jóvenes nos reunimos de diferentes iglesias, para poder tener un tiempo donde disfrutamos de aprender más de la palabra de Dios. Y poder pasar más tiempo en comunidad de iglesia. Justo esa semana, un día nos quedamos platicando alrededor de 3 horas después del servicio. Ya se hacía de noche y nos despedimos muy gustosamente por poder conocer mas el uno del otro.
Hablamos de gustos, trabajos y vivencias. Teniendo nuestros números buscábamos un pretexto para hablarnos. Nos contestábamos los estados de whats buscando preguntar qué tal iban nuestro días, el trabajo o la vida en general. De pronto ya teníamos una cita para un sábado.
Ese día salimos muy nerviosos. El restaurante, que tanto trabajo le costó a mi esposo buscar, casualmente a las 6 pm ya estaba cerrado. Buscamos ir a otra cafetería y estaba llenísima. La espera era de 1 hora 30 min. Yo moría de hambre, había desayunado muy de mañana y para las 7 pm ya sentía tener inanición.

Como toda persona hambrienta, solemos ser un poco menos pacientes, pero en ese momento demostré mi mejor sonrisa. Ger ya muy nervioso decidió ir a comer a Toks. Mientras llegábamos recordó que tenía una manzana y me la regaló. Siendo sinceros siento que eso fue lo que calmó. Que muy a temprana edad de la relación él conociera mi mal carácter.
Ahí fue donde nos dimos cuenta que no importa el lugar ni la circunstancia, lo que importaba era pasar tiempo juntos y seguir descubriéndonos. Eso nos llevó a más citas románticas. Después de muchos cafés, enchiladas, citas a cines, reuniones de la iglesia, y un noviazgo de dos años y medio, con altibajos como todo pero muy enamorados, decidió pedirme matrimonio un día muy especial: el día de su cumpleaños.
Yo no me lo esperaba. Él me había dicho que de cumpleaños anhelaba aventarse de las alturas en paracaídas, y que si le hacia el honor de acompañarlo. Dudosamente accedí. Un día antes preparaba mi ropa cómoda para aventarme, y veía tutoriales para ver la respiración, posicionamiento del cuerpo para aventarse. Pero jamás pasó por mi mente que ese día sería el gran día donde me pediría ser su esposa.
Llegando el día, él me había dicho que me arreglara muy linda para unas fotos panorámicas dentro de la avioneta, y que después de eso nos cambiaríamos de ropa y nos aventaríamos del paracaídas. Mi sorpresa fue que, al subirnos y durante el recorrido, el piloto nos pidiera voltear hacia abajo para ver dónde caeríamos al aventarnos. Justo al momento de voltear, en el piso con letras muy grandes, decía: «¿te quieres casar conmigo?».
Sacó el anillo y me preguntó cuál era mi respuesta. Me arrojé a sus brazos. Lo besé muchas veces. Yo moría de nervios, alegría. No lo podía creer. Era real. En las alturas, el amor de mi vida me había pedido matrimonio. Nos dieron unas copas para brindar y seguir viendo el recorrido.
Al bajar, mi mente revolucionaba. ¿Qué pasaría después? ¿Cómo le contaríamos a todo el mundo que estábamos comprometidos a caminar una vida juntos de la mano?
Pasando los días, y pensando en lo que conlleva una boda. Los gastos, los tramites, los prematrimoniales que teníamos que tomar antes de casarnos. Vimos que eran muchas cosas. Pero puedo decir que Dios siempre es bueno. Que su mano de provisión nunca se acorta. Y que en medio de cualquier situación, él estaría con nosotros y nunca nos dejara.
Pensábamos que nos casaríamos muy sencillamente. Pero hoy podemos decir que creemos que fue la boda mas bonita que existe. Dios proveyó siempre. Para el jardín tuvimos un super descuento con casi todo incluido. Ya no nos casaríamos en el comedor de la iglesia. Nuestros familiares y amigos poco a poco se fueron ofreciendo de todo corazón para lo que nos hiciera falta, y así poder llevar a cabo este pacto de amor eterno.
El 30 de septiembre nuestro sueño se hizo realidad. Nos casamos delante de Dios y nuestros seres más cercanos. Podemos decir fielmente, que el matrimonio no es fácil, pero es muy recomendable. Es el lugar donde cada trinchera de la vida particular se vuelve una sola. Ya no peleamos individualmente, sino que ahora peleamos juntos la batalla de la vida, disfrutamos lo bonito y luchamos por ser mejores cada día, aprender que dependemos absolutamente de Dios y que Él es la fuente de todas nuestras fuentes.
Caminamos confiados que el cordón de tres dobleces no se puede desvanecer. Sino que como dice Corintios 13: el amor todo lo puede, todo lo cree, todo lo espera, es paciente. No busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, sino que es bondadoso. Así anhelamos caminar, viviendo esta historia de amor que comenzó en un choque pero terminó enlazando nuestros corazones hasta la eternidad.
Dos vidas que aprendieron a caminar juntas, confiando en que cada paso tenía un propósito mayor. Hoy celebran no solo el amor que los une, sino la certeza de que aquello que comenzó sin buscarse, terminó encontrando su lugar para siempre.
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