#AplausoParaElAmor – Iván Sahid Mussa

A veces la vida une a dos personas cuando aún están aprendiendo a reconstruirse, cuando no buscan nada y, aun así, todo ocurre. Este relato habla de un encuentro inesperado, de silencios que dicen más que las palabras y de una conexión que se reconoce incluso antes de ser nombrada.

Es la antesala de un amor que se abrió paso con paciencia, señales sutiles y una certeza profunda: algunas personas no llegan por casualidad, llegan cuando todo, por fin, está listo para sostenerlas.

¿Leemos juntos esta historia?

La historia de Iván y Adriana

Nuestra historia: cuando el destino decidió unirnos

Todo comenzó hace más de cuatro años, cuando yo apenas estaba aprendiendo a volver a ser yo. Había salido de una etapa complicada por la anemia, estaba frágil, reconstruyéndome, agarrando pedacitos de mí para levantarme otra vez.

Iba al gimnasio para encontrar fuerza, para recuperar mi cuerpo, pero también para sanar mi mente. Y fue ahí, en uno de esos días normales, que el destino decidió hacer su primera jugada.

Me encontraba entrenando, concentrado, cuando me pegué por accidente con la máquina. Hice una mueca, murmuré algo bajo. Y entonces la escuché: una risita detrás de mí. Giré la cabeza… y la vi. La niña más hermosa que mis ojos habían visto jamás. Su sonrisa tenía luz propia, y su mirada. Su mirada se coló directo a mi alma. Desde ese instante quedé flechado sin remedio.

Pero mi autoestima aún estaba rota. Me sentía pequeño, invisible. Pensaba que ella jamás me haría caso. Así que no la saludé. Y la vida siguió. Me cambié de gimnasio y la perdí de vista. Me arrepentí tantas veces de no haber dicho nada. Pero lo que yo no sabía era que el destino no había terminado conmigo.

Medio año después, mientras hacía una tarea de la universidad, sonó una notificación. Una solicitud de amistad en Facebook. El apellido se me grabó de inmediato: Valadez. Cuando terminé mi tarea, fui a revisar… y la solicitud había desaparecido. Pero al buscar su nombre, la primera sugerencia fue ella. La niña del gym. Mi flechazo silencioso. No tuve opción: le mandé solicitud yo. Y cuando aceptó sentí que el corazón quería salirse del pecho. Le escribí. Y ahí empezó todo.

Nuestros mensajes encendieron algo que llevaba dormido años. Cada notificación era un rayo de emoción. Poco a poco la fui conociendo, sintiendo, imaginando. Hasta que un día, reuniendo el valor que no tuve en el pasado, le pregunté si quería cambiarse al nuevo gimnasio donde yo entrenaba. Y para mi sorpresa, aceptó.

Cuando me dijo que le quedaba aún más cerca de su casa, casi me da algo. Estaba tan emocionado que me bañé, me peiné, y llegué dos horas antes para estar listo cuando llegara.

Y cuando entró. Era ella. La misma niña hermosa que vivía en mi recuerdo. Su sonrisa me iluminó el alma, su mirada me desarmó por completo. La saludé con un abrazo y un beso en la mejilla. Y ahí fue cuando mi corazón se derritió. Ella se hizo bolita detrás de mí, agarrando el borde de mi playera con sus dedos, como si buscara refugio en ese gimnasio nuevo. Era tan tierna, tan delicada, tan ella.

Le enseñé todo el lugar, la acompañé durante toda su rutina, platicamos como si siempre hubiéramos sido parte de la vida del otro. Fue nuestra primera interacción real. Y para mí, fue suficiente para saber que algo grande había comenzado.

Al día siguiente moría por verla de nuevo. Pero la vida, otra vez, metió la mano: me esguincé el tobillo jugando básquet. Tuve que cancelar, y pasé dos semanas en cama pensando que quizá perdería ese acercamiento. Pero cuando volví, ella ya dominaba el gimnasio. Aunque su luz seguía igual de intensa.

Pasó el tiempo y un día, en una conversación casual, le dije que había una niña que me encantaba. Vi cómo bajó la mirada, triste. Y entonces rematé: “Y estoy entrenando con ella justo ahora”. Se puso roja, se tapó la cara, y se me acurrucó en el pecho. Fue el momento más dulce que había vivido.

Los días siguieron, y una tarde, al despedirnos, ella se acercó para besarme la mejilla. Y yo giré un poco. Nuestros labios se encontraron. Ella se tapó la cara y salió corriendo. Yo pensé que la había perdido, que la había espantado. Pero treinta minutos después me escribió, más coqueta que nunca.

Después se fue de viaje cuatro días. Yo, decidido, planeé pedirle que fuera mi novia al regresar. Planeé todo: el lugar, las palabras, el momento. Llegó el día. Llegué media hora antes. Estaba nervioso, temblando, escondiéndome, respirando hondo. Cuando se acercó, antes de que yo siquiera pudiera abrir la boca, me preguntó:

“¿Qué somos?” “¿Quieres ser mi novio?”

Me quedé en shock. Todos mis planes se derritieron. Ella, la niña hermosa del gym, la del sueño imposible, me estaba pidiendo a mí. Y sin dudarlo un segundo… acepté.

https://www.facebook.com/story.phpstory_fbid=704523029395207&id=100095125492087&rdid=NRZ1vT0tfAD1Dwa5&share_url=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2Fshare%2Fr%2F1CutP4q8DC%2F#

Los años pasaron. Y la amé más con cada uno. Conocí sus complejos, sus heridas, sus miedos… y eso solo hizo que la amara aún más profundamente. Un día le pregunté por qué me había mandado solicitud. Me dijo que había soñado que estábamos casados… y que en ese sueño era inmensamente feliz.

El destino había hecho que dos personas que vivían en polos opuestos de la ciudad, en tiempos distintos, con vidas sin cruzarse… se toparan en el mismo instante perfecto del universo. Primero por casualidad. Después por un sueño.

Pasó el tiempo y decidí pedirle matrimonio. En un aniversario repetí toda nuestra primera cita. Y al final del día, aunque comenzó a llover, la llevé al mirador. Empapados, al borde del atardecer, le pregunté si quería casarse conmigo. Parece inventado, pero no lo es: en cuanto dijo que sí, dejó de llover… y aparecieron dos arcoíris.

Un año después, hace apenas tres días, firmamos los papeles. Celebramos con nuestras familias. Tuvimos una boda hermosa. Y hoy puedo decir, sin pena, sin duda, sin miedo: Estoy casado con el amor de mi vida. La mujer que me apoya, que me elige, que me acompaña. Y sé, con absoluta certeza, que yo soy el amor de la suya. Porque donde otros ven coincidencias, nosotros sabemos que fue destino.

Y hoy puedo decirlo con el corazón lleno: Amo a mi señora… y ella ama a su señor.

Lo que comenzó como un cruce improbable se convirtió en un compromiso elegido todos los días. Dos caminos que aprendieron a caminar al mismo ritmo, con la convicción de que cuando el amor es verdadero, no irrumpe: se queda.

Y recuerda, si tienes una mesa de regalos en Sears, tú también puedes compartir tu historia de boda y participar para ganar un monedero de $25,000 MXN. ¡No pierdas esta oportunidad y únete a #AplausoParaElAmor!

Artículos recomendados

Deja un comentario

CUÉNTANOS TU HISTORIA Y GANA UN MONEDERO DE $25,000 MXN

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo